SI, ¡PROMETO!
Paige McDonald
"Si uno se separa de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera; y si ella se separa de su marido y se casa con otro, también comete adulterio." (Marcos 10:12)
En esta temporada de Adviento, al dedicar más tiempo a la familia y a los amigos y al tener la oportunidad de releer la historia de María y José, se nos presenta la ocasión de reexaminar los modelos de matrimonio que vemos alrededor nuestro. ¿Podríamos comparar lo que se ve en el mundo, en nuestras propias vidas, en nuestra familia entera, lo que los medios de comunicación nos proyectan, con el ejemplo de la Sagrada Familia al igual que otras santas parejas? Este tiempo de espera en Adviento, ¿podría ser el momento adecuado para examinar nuestra vida marital y la búsqueda de la relación amorosa, fiel, fructífera y permanente a lo que Dios nos llama? ¿Pueden nuestro amor y nuestro matrimonio ser para los demás ejemplos de una relación tan especial y, de hecho, divina?
Si nos detenemos a pensar en el matrimonio de hoy, definición, forma y significado, todos los quienes y porqués, dondes y cómos, podríamos alcanzar un despliegue desconcertante de imágenes. La que nos proyectan los medios de comunicación es con frecuencia la de un rápido romance de amor ciego seguido por una amarga desilusión y el divorcio. De hecho, el divorcio parece prevalecer tanto que una pareja que hace lo posible por mantener duradera su unión matrimonial parece tan inalcanzable como el apego de los dietistas a lo saduble, lo nutritivo, de bajo contenido graso pero por tan solo unas semanas. Muchas parejas piensan del matrimonio como algo innecesario, al menos en los primeros años de cohabitación.
El matrimonio es para el hombre y la mujer algo más que la decisión de vivir juntos y de entablar una actividad sexual monógama. Es más que el solo compartir el nombre, la casa y el mobiliario. Es más que el contexto donde los niños tienen el ser. Es una voluntad irrompible del don y del sacrificio mutuos, una promesa eterna de ayuda y de entrega mutua, el uno para el otro interminablemente. Se fundamenta en el amor. No en el amor del deseo carnal que encuentra al otro fisicamente atractivo y desea su compañía. No es el amor de satisfacción personal que busca que lo esperen a la mesa, arreglen la casa, jueguen el papel del compañero desigual y cumplan sus antojos. No es el amor de inmolación ciega que propicia los deseos del otro en vez de buscar su bien destruyéndose. Más bien, se basa en el Amor verdadero que es caritativo, paciente, desinteresado y que perdona; por él descubrimos y experimentamos a Dios. Este Amor requiere que entendamos esta visión del matrimonio en nuestra tradición de fe, basado en el amor de Dios y descrito en las enseñanzas de la Iglesia que están en el corazón de los principios de Formación para el Amor y la Castidad (FFLC): (El) sacramento del matrimonio vincula el convenio de amor perdurable, unitivo y procreador más profundo que cualquier contrato civil.
Esta percepción del matrimonio - de toda una vida, amoroso, enlazado y vinculado, fructífero y fiel - se basa en el modelo amoroso de Dios en su convenio con nosotros. Como criaturas fruto de su amor, con la vocación primaria de amar y ser amados, estamos llamados a manifestar y sentir ese amor según los designios de Dios para nosotros. "Habiéndolos creado Dios hombre y mujer, el amor mutuo entre ellos se convierte en imagen del amor absoluto e indefectible con que Dios ama al hombre" (CIC 1604). El amor de Dios es eterno y sin límite. En comunión con este Amor compartimos sus bondades y favores. Vemos ese Amor hecho realidad en nuestra vida cotidiana. Dios creó el matrimonio como un escaparate especial para el amor exclusivo, completo y fructífero; el matrimonio refleja así la fidelidad interminable de Cristo a la Iglesia, de Dios a su promesa con nosotros.
Parte de lo que hace único al matrimonio en la gran diversidad de relaciones amorosas que se predican, ya sea entre amigos, entre miembros de la familia y aún entre desconocidos dando y aceptando ayuda caritativa, es la combinación del don total, del autosacrificio y de la apertura a la nueva vida. La dinámica de las diversas facetas del amor refleja dicha experiencia amorosa exclusiva del matrimonio, específicamente en el acto conyugal de entrega sexual. En el matrimonio, los esposos prometen darse mutuamente el uno al otro, completamente y para siempre, con todo lo que son y con todo lo que tienen. Pero en la celebración del amor conyugal desinteresado, los esposos dan el paso adicional para ser procreadores potenciales con Dios de una nueva vida, signo visible y fructífero de ese amor, personificación de la realidad matrimonial de que los "dos son uno". Es tan importante el acto conyugal abierto a la nueva vida que el matrimonio sacramental se considera consumado y totalmente ligado desde el primer acto de intimidad no interrumpido por anticonceptivos.
Es muy importante dicho acto conyugal en el matrimonio, pero no significa ser el único enfoque y fundamento de la unión, como lo sugiere a menudo la cultura moderna. Mientras la Iglesia está de acuerdo con la sociedad de hoy que la expresión sexual de amor es parte importante de la relación de los esposos entre sí, no hace de esa expresión una prueba absoluta de lo saludable o de la calidad del matrimonio. El acto conyugal reviste mayor importancia y merece más respeto que el relegarlo al papel de una herramienta que hace o rompe el matrimonio. La Iglesia lo reconoce en las diferentes etapas y fases de la vida en que la participación en el acto conyugal no sea ni prudente ni de hecho deseado. Enfatizando constantemente en otros elementos de la vida matrimonial como la constancia, la fidelidad de los esposos y la fecundidad que viene del compartir los frutos de la vida moral, espiritual y sobrenatural, enseñados a nuestros hijos y a los de los demás. Son estos aspectos no sexuales que María y José ejemplifican tan bien para nosotros en su relación marital. Su cuidado y devoción mutua, basados en el amor a Dios y los suyos, nos hacen recordar aquél viejo refran que "en el matrimonio hay más que cuatro piernas desnudas en una cama".
En este tiempo de espera en la Esperanza, recordemos que el Amor entró a nuestro mundo por medio de un niño nacido en el seno de una familia cuyo matrimonio era tan sólido para decir sí a Dios y buscar hacer de Su amor por ellos el modelo en el que forjaron su amor mutuo y el de todos nosotros.